Terror en el hipermercado. Acto II

Publicado: junio 6, 2010 de Mrs. Louve en Colonizaciones

—¡Por Dios, hijo mío! ¡Cómo nos has puesto a los dos!

—Ah… Mira que te he dicho que no le dieras helado, que padece intolerancia a la lactosa…

—Pero qué intolerancia ni qué leches… ¿Cuándo ha dicho eso el médico?

—No me hace falta… Yo conozco a mi hijo y te digo que tiene intolerancia.

—No seas ridícula, anda. Eso lo tiene que diagnosticar un médico.

—Que no, Aberlardo, que estas cosas las sabe una madre. Además me salió en las cartas el otro día.

—Vale, pitonisa, lo que tú quieras. Me voy al baño a limpiarme los pantalones. Qué asco, Dios… Y que sepas que estoy harto de pasar así los sábados.

—Así… ¿Cómo?

—Así en centros comerciales, mirando escaparates y comiendo guarradas en los bares de aquí.

—Pero esto ya sabes por qué lo hacemos…

—Sí: porque no se te ocurre nada mejor; porque siempre hay algo que necesitas ver o comprar, para ti o para la casa…

—Pero, ¿qué dices, hombre? Estamos cansados de discutirlo. Venimos aquí porque es el único entorno controlado que queda en la ciudad, donde Ethan no se va o pillar una insolación ni se va a romper una pierna y, desde luego donde no lo van a secuestrar.

—Que sí, que lo que tú quieras, que estoy harto. Que me voy al baño a limpiarme y cuando vuelva nos vamos a casa, que va a empezar el partido.

Y se fue Aberlardo a los aseos de la tercera planta, al fondo del pasillo donde la heladería cuyo producto consumían había montado una terraza donde la gente podía sentarse y admirar los escaparates de las tiendas de moda más próximas. Una terraza que, atendiendo las necesidades parentales de entornos controlados para sus vástagos, no quedaba al aire libre, sino al acondicionado; no daba a la calle, sino a un hall cuya ornamentación cambiaba estacionalmente y con dos meses de adelanto, donde Ethan y otros niños y niñas podían disfrutar de pequeñas atracciones individuales con forma de coche, moto, locomotora o avión, que se sacudían violenta y peligrosamente a cambio de una moneda de un euro. A veces conseguían que papá les comprase un helado mientras mamá protestaba enérgica pero inútilmente.

Fina, pese a conocer muy bien a su hijo y ser una madre amorosa, responsable y capaz, se equivocaba en cuanto a su intolerancia a la lactosa. Al niño no le pasaba absolutamente nada. Bueno, sí: había ingerido durante lo últimos tres fines de semana productos contaminados con vibrio cholerae.

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Terror en el hipermercado. Acto I

Publicado: mayo 7, 2010 de Mrs. Louve en Colonizaciones

A cámara lenta imagino que podría vérseme si hubiera alguien para verme. Esquivando los cadáveres de los muertos y los cuerpos de aquéllos que ofrecen sus hediondos últimos estertores a la mezcla, espesa ya de olores de carne en putrefacción, de la humana y también de la que rellena bocadillos de pan ahora más tieso que sus víctimas. De leche agria proveniente de pequeños puestos de helados, de calor, sin nadie que pueda conectar el aire acondicionado, activar la palanca de la marcha atrás en el tiempo.

Quique no me ha acompañado. Ha preferido quedarse en casa, por sus propias razones, como ha dicho. A sus razones yo las he llamado miedo; él las ha llamado inteligencia. Sin embargo, después de besarme, justo antes de que yo cerrara la puerta arrojándole una despedida informal —hasta luego o nos vemos— él se ha atrevido a pedírmelo:

—Tráeme algo, anda.

—¿Qué?

—No sé… Aquéllos mocasines de Camper que tanto nos gustaron para mí el mes pasado.

El mes pasado. Todo ha acontecido tan rápido que apenas nos dio lugar a asimilarlo.

El primer foco se detectó en los gigantescos centros comerciales que cubren, como una enmarañada red, los edificios de Hong Kong. Transeúntes de Eurasia que se convirtieron en conmutadores también de la vida y la muerte. Lo demás vino sólo, por inercia.

Allí está la zapatería. Abierta de par en par. Aún así me entretengo echando un vistazo al escaparate para observar las sandalias que me muero por tener. El viejo terror a no encontrar ya mi número me sobrecoge al entender que están rebajadas por lo que decido fijarme en algún otro par y evitar así un duro golpe.

Por fin entro y espero, más por educación que por necesidad, a que me atiendan. Aún no me he acostumbrado a estas prácticas de autoservicio en vigor desde hace sólo unas semanas. Al cabo de unos segundos comprendo que he de entrar en acción y, por primera vez desde que le comuniqué a Quique mis intenciones de salir de compras, me asalta la duda: ¿sabré servirme? ¿Seré capaz de encontrar lo que busco en la trastienda? Entonces oigo una arcada a la izquierda, tras la estantería más próxima a la pared.

Una chica de unos diecinueve años está tendida, mitad sobre la moqueta, mitad sobre su propio vómito y, estoy segura, lleva también sucios los pantalones.

—Ayuda— le suplico mientras me acerco a ella.

—Todo lo que yo quería era sacarme algo de dinero para la carrera… Hacer bien mi trabajo y ganar algo de dinero… Yo no quiero morir así…

Desiste de su desesperación al leer la mía en mi rostro. Una nueva nausea le sobreviene. Cuando se recupera, susurra:

—En la etiqueta interior… El número…. El ordenador aún funciona e indicará la posición en el almacén. Coge lo que buscas y márchate, sáaaalvaaateee….

La factura de la tintorería

Publicado: febrero 21, 2010 de veintelineas en Indigestiones

-¡Papá! ¿no puedes parar ésto? voy a gomitar- espeta Llura

-¿Qué te pasa Llura? ¿te encuentras mal? ¡Ciudado que aún queda otra! ¡Oooooeeeeeeeeeeee!- le responde su padre Didac a quien sólo le faltaba levantar los brazos para completar la fiesta

-¡Ahg! Sí papá, de tanto ir de arriba para abajo me dan ganas de gomitar- le advierte su vástago

-¡¡Vaya por Dios Llura!! mira que te tengo dicho que no desayunes cereales, que tal como te entran les gusta salir- le recrimina Didac

-Pues la mamá me dice que puedo comer cereales, que son muy buenos para los niños y que si me quiero hacer tan grande como tú, es lo mejor- le replica la infante

-Pues como me plantes una pastelá, le voy a decir a tu madre cuatro cosas- continúa Didac

-¿Y qué le vas a decir, papá?

-Ya veremos lo que le digo pero algo que no te gustará escuchar. Y ahora cállate y cierra la boca, no sea que se te escape algún cereal y me lo claves en la nuca.

-Vaya forma de morir más tonta, papá

-Pero ¿aquí quién ha hablado de morir? anda niña, se te ocurren unas cosas….

-Sí, en el cole me han contado que a un señor le pegaron una patada en la nuca durante una pelea y se murió- argumenta Llura

-¡Desde luego! ¡qué bestias son en tu colegio! Hija, no te preocupes, que no me va a pasar nada, habla todo lo que quieras…

De repente y antes de que Didac finalizara la frase, un tenso, visceral y angustiado sonido humano procedente de la parte posterior de la oreja derecha de Didac le hizo girar la cara hacia el origen del mismo. En ese preciso instante un viscoso y blanquecino líquido cubrió la mejilla del adulto y de toda superficie que le rodeaba en el habitáculo en el que se encontraban los dos. Transcurrido un segundo, a la calidez de aquella morterada le acompañaba un hedor agrio y  repugnante que dejó sin palabras a Llura, extenuada por el hecho, y a Didac, absolutamente horrorizado. Se detuvo sin mediar una palabra. Didac, salió del coche indigando y quitándose con las manos los restos de aquel potingue biológico echó la vista atrás. Y ahí estaban, cinco paredes, como las que acostumbraba a merendarse el rústico y chaparro Juanito Oiarzabal, media decena de montículos de alquitrán maquillados como la funda de los colchones de los abuelos de Didac que supuestamente servían para reducir la velocidad de los vehículos que circulaban por una calle, que más que calle, parecía una montaña rusa.

Acto seguido, Didac comenzó a maldecir y a gritar alteradamente:

-De esta se va a enterar el alcalde, voy a recoger la morterada esta y se va a enterar. La voy a meter en un bote y se la va a tragar.

-Papá, cuando vayas a ver al alcalde, que no se te olvide la factura de la tintorería.

Un romántico incurable

Publicado: enero 25, 2010 de Mrs. Louve en Escatología

—… O sea, que tiene su dificultad.

—Ah, ¿sí?… Pues nunca me había dado por pensarlo—. Apreté su mano que ya llevaba en la mía desde que comenzáramos aquel paseo, intuyendo que iba a desahogarse y necesitaba un poco de apoyo moral para hacerlo.

—Pues sí, mira, porque, para empezar, hay que considerar el tema de las iniciales. Por ejemplo, si se hubiera llamado ella Isabel no me hubiera atrevido ni a mostrárselo; ¿qué mérito puede otorgarme una I? O Carmen, yo qué sé… De llamarse Teresa, Victoria e incluso Úrsula, habría sido moderadamente fácil. Pero no, ella se llama ni más ni menos que Beatriz, con una hermosa B que, me atrevo a decir, requiere cierta maestría. Y, sin embargo, no lo supo apreciar.

—Ya entiendo…

—Y tampoco te creas que se puede hacer de cualquier ánimo. Si has comido arroz, ya puedes ir olvidándote. Lo ideal, en mi experiencia, es un buen plátano en el desayuno y otro de postre si se quiere lograr un aspecto bien cuidado. Y eso sí, comer bastante en general durante la víspera.

—Entonces, ¿lo has hecho más de una vez?

—Sí, tuve que practicar mucho y hasta aprender a controlar el movimiento hasta el último milímetro. Eso sí, a ella no le enseñé nunca el resultado hasta que no  quedé perfectamente satisfecho.

—¿Qué te dijo ella? ¿Se emocionó?

—Qué va; le pedí que viniese al cuarto de baño, aún con los calzoncillos abajo y con el culo sin limpiar, para que el papel higiénico no cubriera la mierda en forma de su inicial. Ella vino, se quejó del olor nada más entrar aunque aceptó mirar dentro del váter y luego dijo que era un guarro, completamente escandalizada. ¿Tú lo entiendes?

—En absoluto— le contesté a la vez que me preguntaba cuánto tardaría en decidirse a cagar una J.